Cuando un paciente pregunta si va mejor, la respuesta honesta necesita un número detrás. «Yo lo veo mejor» vale para animar, pero no para decidir si se sube la carga, si se prolonga el tratamiento o si se le da el alta. Para eso están las escalas de valoración y los PROMs: convierten una impresión en un dato que se puede comparar semana a semana.
Qué son (y en qué se diferencian)
Una escala de valoración la aplica el profesional (por ejemplo, medir el rango de movimiento con un goniómetro). Un PROM (resultado percibido por el paciente) lo responde el propio paciente sobre cómo le afecta su problema en el día a día. No compiten: la una mide lo que ves, el otro lo que él vive, y juntas dan una foto mucho más completa que cualquiera por separado.
Cuáles se usan en la práctica
Depende de la zona y del objetivo, pero hay clásicos: la escala EVA para el dolor, cuestionarios como el Oswestry para lumbalgia, el índice de Barthel para la autonomía en las actividades diarias, y la goniometría para el rango articular. Lo importante no es pasarlas todas, sino elegir las que de verdad reflejan el problema que estás tratando.
Cuándo pasarlas y cómo aprovecharlas
Al inicio, para tener un punto de partida; en algún hito intermedio; y al alta, para cerrar con evidencia de lo conseguido. Con eso puedes enseñarle al paciente su propia curva de mejora (que engancha y mejora la adherencia) y justificar ante una mutua por qué el tratamiento tenía sentido. Si el software guarda las escalas dentro de la historia y las pinta en el tiempo, esa curva sale sola; si van en papeles sueltos, no la ve nadie.
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